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La solemnidad del lugar, de los asistentes y del propio evento me hacían sentir muy pequeño aun cuando iba a ser proclamado grande entre grandes. El lugar era la abadía de Westminster, testigo de la historia de mi país desde el año 1000 de nuestra era y de nuevo hoy guardián del recuerdo de tan magno acontecimiento del que yo era protagonista. Hoy trato de recordar los momentos anteriores al cenit de aquella celebración pero soy incapaz de llamar una imagen o un sonido, tan sólo recuerdo una sensación que me sobrecogió: el peso de la corona.
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