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El horno me despertó de la siesta, no el horno literalmente que habría sido seguro doloroso, más bien el efecto del mismo sobre lo que se cocinaba en su interior. Me había quedado dormido en la silla de la terraza protegido del sol de la tarde que travieso se colaba por las rendijas del techo laminado, tuve un sueño ligero, sin recuerdos y un intenso olor me despertó. Lento como un paquidermo quise incorporarme atraído por los aromas que escapaban de la cocina, mis movimientos eran pesados, a mi cuerpo perezoso no le apetecía volver a la realidad y a mi mente tampoco. ¿Entonces por qué trataba de levantarme?, porque sabía que cuando la lata se cerrase su contenido me quedaría prohibido para siempre y no quería vivir con aquello otra vez.
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